Mariela

-Hola…Hola…si, pará que salgo al pasillo que no te escucho… Hola, si, ahora sí.
-¿Qué le pasó a mamá?
-Hola, Uh! viste que cagada!, los ligamentos de la rodilla. Ya está, ya está bien, ya la operaron y está acá en la habitación con la pierna colgada, ja ja!.
-¿Pero ahí, en el hospital se cayó?.
-Si, si, te paso con ella, después nos vemos, chau.

Yo se que a veces reacciono mal, por eso me contuve bastante, pero hay cosas que te sacan, hay que estar en el momento, hay que estar... Por ahí otro se calla, pero que se yo, uno tiene la sangre italiana, viste?. Ahora decime, cuando vos ponés a una persona a cuidar a una mujer mayor es porque ya probaste hacerlo vos y es imposible, ¿sí o no?. Uno no está capacitado ni tiene el tiempo necesario para eso, hay mujeres que se manejan re bien con los viejos ¿pero cómo sabés cual es la indicada? . Te recomiendan, sí, pero viste como es. Ésta es recontra recomendada, pero que se yo… Es cierto, uno a veces se desconoce, pero decime si no, ¡decime si no! . También entiendo que la vieja es difícil, ¡ojo!, pero justamente por eso es que la contratamos, sino, manejaríamos la situación nosotros…por eso te digo, mucho no me quise meter, lo que pasa es que cuando ves a tu mujer desbordada por cosas que se solucionarían con cuatro gritos, te dan ganas de meterte, pero bueno, ahora ya es tarde.

El Viernes 26 se confirmó la fecha de operación de mi suegra, Teresa Natalia Elsa, tres nombres tiene, y ahí nomás se puso en marcha, en tiempo récord, el operativo “ Organización del viaje al Hospital Español de Buenos Aires, en Once”, -“Una boludez, operación de garganta, pólipos, entramos y salimos, un día a lo sumo, una noche” -dijo Marcela-.
-Preparate porque se nos va a ir un montón de guita,- le anticipé-.
-Nooo!!, ¡Nada que ver!-, me aclaró mi esposa optimista,- va todo por PAMI, hasta el traslado nos cubren, por eso el apuro, hay que aprovechar. Voy con Mariela y Mamá en el remís, salimos a las 2 de la mañana y vos andá desde La Plata, nos encontramos en Capital.-
Como durante la semana yo trabajo en La Plata me convenía viajar el día de la operación desde allá.
-Con Mariela vas a ir?,- le dije-, me miró sin contestarme nada.
Mariela es la que la cuida de noche a mi suegra hace algunos años, según Marcela es un batallón, -“no sabés como la maneja Marielita, ya reservé un hotel cerca del hospital, está todo organizado”-.
En realidad, las veces que la he visto a Mariela en la casa de mi suegra, siempre estaba en el sillón tomando mate y comiendo galletitas, nunca vi que le alcanzara ni siquiera un vaso de agua. Es amable, eso sí, pero no la tenía tan eficiente.
….
Menos mal que el viaje de La Plata a Capital es bastante corto por la autopista, pero una vez en el centro se hace lento para llegar a Once. Tengo que hacer ese trayecto en subte; gentío, quilombo, pero bueno, así son las ciudades grandes.
Me cuenta Marcela, que ni bien llegaron Mariela perdió el número de teléfono del remís de PAMI. -“La veías y parecía que andaba de paseo, no agarró el bolso de mamá, ni la campera, ni ayudó a bajar el andador del baúl, nada de nada. En un momento le tuve que decir que lleve algo. Pero bueno, pobre, nunca viaja”-, dice como entendiéndola.
-Parece que es bastante cómoda la gordita,- le digo como al pasar a mi esposa-.
Cuando ingresaron a la habitación asignada, la 302, se da cuenta que Mariela se había olvidado en el hotel el bolsito con las cosas de mi suegra, utilidades de tocador, lentes, etc., así que la mandó a buscar todo urgente, dos cuadras roñosas tenía que caminar Mariela, y se hizo llevar por el remisero de PAMI, que todavía estaba ahí llenando unos formularios. -“Y sí, es un poco cómoda”-, me reconoció más tarde mi mujer, -“pero es un pan de Dios”-, afirma convencida-. Todo esto pasó antes de perder el papel con el teléfono.
-No sé, dice que lo anotó en un papelito y lo puso en la cartera-.
-Pero qué pelotuda!,- le dije-, ¿Cómo le avisan ahora al remisero para que las venga a buscar?.
-Ya lo va a encontrar.
-“Ay, ay, cabecita de novia”-, le decía Marcela mientras con la mano le revolvía el pelo cuando se acercó Mariela a saludarme.

La calefacción de este hospital la debe manejar Frozono, ¡que frío, la puta madre!, ¡es increíble!, llego de la calle sin campera y me la pongo cuando entro, y cuando me voy, me la saco. Encima parece que Mariela se equivocó y guardó en la valija tres camisones de verano y sin mangas.
-Qué raro , -dice Marcela-, estaban los tres camisones de invierno apiladitos en la silla de la pieza de mamá. Yo se los dejé para que los pusiera-. -¿Por qué no vas a comprarle?- me dice con toda dulzura mi mujer.
- ¿Yo?, pero mandala a la boluda ésta que se olvida de todo, ¿Cómo voy a ir yo a comprar camisones?-
- ¡Dale che!, pobre, colaborá, tiene que estar con mamá, ya te averigüé con la señora de la otra cama que es de Buenos Aires, acá cerca, en la calle Sarmiento hay. Está lleno de lencerías fíjate un par de los más grandes, yo te doy la plata-.

Me estremece ver como come Mariela. Come, como lima nueva. Hace 20 minutos que junto con los dos camisones traje tres paquetes de Sonrisas y cuando quise agarrar la segunda galletita ya no quedaban más. Dice Marcela que es porque está nerviosa, por la operación. No digo nada, para mí que las va tragando sin masticar, sino, no podría ser tan rápida para comerlas.

Se sumó un día que no estaba previsto, hoy le hicieron un montón de estudios a doña Teresa, que duraron toda la mañana y toda la tarde, así que no era tanto de entrar y salir como dijo Marcela.
El tele del hospital anda con fichas, se compran en el bar. Sin exagerar, no creo que cada una dure más de 10 minutos y la ficha sale como 12 mangos. ¡Un dineral!. Encima a la paciente de al lado le gusta ver a Rial, así que la mayor parte del tiempo estoy en el pasillo viendo pasar camillas.
Al mediodía almorcé en el buffet de acá, no me arrancaron la cabeza, ¡Me la dinamitaron..!. Con lo que pagué el pebete de jamón y queso, aplastado, envuelto en papel film, creo que me convenía haber ido en taxi a comer al restaurant de Germán Martitegüi, a la vuelta tomarme un café en la Perla y todavía me sobraba guita.
Me quiero ir temprano para llegar a La Plata a cenar con mi hija, así que me voy despidiendo, Marcela me comenta que esa noche mi suegra se quedaba sola.
-Y ésta para que vino?- Le digo juntando en montón hacia arriba los dedos de la mano derecha-.
-Y bueno, la chica también está cansada, que mala onda!, vos andá que nosotras nos arreglamos-.
Así que salimos todos juntos, nos sacamos las camperas, porque adentro es donde hace frío. Las dos se fueron a dormir al hotel y yo a esperar el Costera para La Plata.

Hoy la operan, el horario que dieron es después del mediodía, así que pedí permiso en el trabajo y llegué desde la mañana. Al acercarme, la veo Marcela en el pasillo con los ojos hinchados, llorosos.
-Que pasó, algún estudio salió mal?, -le digo preocupado-.
-No! Todo bien!, lo único que dormir al lado de ésta,- me dice despacito y me la señala con la cabeza a Mariela-, es como dormir con un oso grizzly, -“viste, como ese que lo cagaba a palos a Di Caprio, que casi lo mata, en la película “El Renacido”?, bueno igual” -me compara. -“No sabés lo que ronca esta mujer”. “bufa, rebuzna, se mueve todo el tiempo” -Dice tapándose la cara con las dos manos, que después las junta palma con palma en punta (como quien estuviera rezando) al instante que mueve la cabeza varias veces como diciendo que no.
Marcela dice que yo a veces ronco, pero, según lo que describe, lo mío es como un susurro de bebé al lado de lo de esta mujer. -“No dormí nada, y eso que vengo sin dormir desde ayer”- me dijo. -“Hasta la cama se movía”-. -“Lo raro de esta chica es que tiene como un ronquido extrañamente variable”, -me detallaba con asombro-. -“Cuando me desperté con el primer estruendo, parecía que estaba en un terremoto, ¡Una cosa de locos!, al ratito parecía que no respiraba ¡Y me hizo preocupar!, porque quedó la habitación en un silencio total, así que me levanté para moverla, porque sentía como que se ahogaba y ahí nomás me sobresalté con otro ronquido impresionante, pero esta vez era un ruido como de derrumbe, como si se cayeran un montón de rocas gigantes, y al toque mutaba hacía un sonido como el que hacen los leones cuando quieren advertir a otros de que no se metan en su territorio, ¿viste?, ¿esos rugidos que se escuchan casi a 10 km. a la redonda?, bueno, así. Imaginate ese quilombo en la habitación de un hotel cualunque de 2 x 2. Y para terminar con el mix, larga otra fuerte exalación con un estruendo muy parecido al de un despegue de un avión. Al final no dormí nada, pero me terminé entreteniendo, tratando de adivinar a ver que sonido venia. En los estadíos de silencio yo decía, por ejemplo, ahí despega el avión… y no, era terremoto, o rugido de león, 0-1. Creo que le adiviné muy pocos, la verdad es que me sorprendía”,- me cuenta casi divertida-. Sin darme cuenta me dieron ganas de reírme a mí también. Terminamos tentados los dos mirándola a Mariela y riéndonos a carcajadas en su cara. Debe ser el cansancio, nadie entendía nada.

Hace un rato le perdió los dientes en el baño. ¡1x1 mide el baño de la habitación! y le perdió la dentadura. Yo tengo una calentura que vuelo, Marcela también, pero se lo toma con más calma. La acompañé a la administración del hospital a firmar unos papeles y cuando volvimos nos encontramos con la novedad.
- Es un misterio lo que pasó con la dentadura, -dijo Mariela pasándose las manos de revés por debajo de la pera- . -“La señora fue al baño y dice que los dejó en el lavatorio”-.
-¿Cómo “la señora dice que los dejo en el lavatorio”, nena?, Vos tenés que acompañarla adónde vaya, ¿Para qué te crees que viniste?, -le grité-. ¿Tenés idea los trámites que hay que hacer ahora en PAMI para que le hagan una nueva?, la reputísima madre que lo parió!!!, -grité golpeando con el puño una mesita y mirando al techo-. Marcela desde lejos me hace señas moviendo las manos con las palmas para abajo, a la altura de la cintura como si las estuviera apoyando en un colchón, evidentemente quiere que me calme.
-Bueno que va a hacer che, ya está. -Dice mi señora resignada-.

-“Esta noche me quedo yo”-, dispara Mariela como si nos estuviera haciendo un favor-. Salto de la silla como si tuviera un resorte en el culo, me le pongo de frente y le aclaro con bastante énfasis que ella trabaja de esto, que le pagamos por cuidar a mi suegra, que vino para cuidarla de noche, que se ponga las pilas, etc., etc. Esta vez Marcela no me dice nada.

Hace 2 horas que estamos esperando en la puerta del quirófano y Mariela insiste en quedarse a ver que dice el médico.
-Que va a decir, querida, es una operación de garganta, -le digo en un tono de voz más elevado que lo normal-.- “Va a decir que en 10 minutos la bajan a la habitación, andá a preparar todo más vale”-. Marcela dice que se quede porque es como de la familia, me contradice. Así que no le digo más nada. Muzzarella, decía un amigo mio.
Se abre la puerta del quirófano y el médico dice, -“en 10 minutos la llevamos a la habitación”-.

Por suerte salió todo bien, pero hay que esperar el parte del médico. Me llamó la atención con la sed que llegó mi suegra de la operación, le pidió a Mariela, haciéndose entender con señas, la botella de agua y la manoteó del pico nomás, tomaba con tanta desesperación que me hizo acordar a los cortes que se hacen en los partidos de fútbol, en pleno verano, con 36 grados de calor, cuando el árbitro da permiso para tomar agua. Los jugadores parecen enajenados, se abalanzan con locura sobre los bidones del utilero. De manera similar se prendió la veterana a la botella de Villavicencio de litro y medio. Casi se la tomó toda de un saque. Marcela estaba en el pasillo esperando al cirujano en ese momento.
El médico por fin llegó, y como preveíamos, -“salió todo bien”- afirma-. Lo único, dijo, a modo de recomendación estricta, -“que no tome agua por lo menos por 8 horas, mójenle los labios con un algodón si tiene mucha sed”-. Esta vez no dije nada. Opté por callar.
Cómo estaba re-bien lo de la operación, al ratito nos fuímos con Marcela, dejándola a mi suegra al cuidado de Mariela, hoy se quedaba ella. Por fin mi esposa dormiría unas cuantas horas tranquila en el hotel, sin el “terremoto” de ronquidos de su ocasional compañera. Como todo corría por los carriles normales, me voy para La Plata para poder terminar unos trabajos de diseño que tenía pendientes.

Hoy llego y la encuentro a Marcela con un humor de mierda, “otra noche en vela” -me dice-. -“Mirá”,- se arremanga y me muestra los dos brazos llenos de puntos rojos, -“una reacción alérgica”- dice, -“me vi hoy mientras me bañaba, todo el cuerpo igual”-.
-Che, no será algo nervioso- le digo con cierta preocupación-.
-Pero no!, si estoy tranquila, algo que comí seguro, o los jabones berretas del hotel, en un rato se me pasa-.
-Yo que vos, ya que estamos en el hospital…-.le digo-.
-En un rato se me pasa, -me dice medio fuerte como para que no me refiera más al tema-
-Me llamaron a las 3 de la mañana y me vine enseguida, mamá casi se escapa, -cuenta, bastante angustiada-.
-¿Cómo casi se escapa? ¿No se quedaba ésta?, ¿Dónde está ahora?-.
-Fue a ver si los de la limpieza encontraron la dentadura. Parece que Mariela se durmió, y bueno, en un descuido mamá se levantó y llevando el perchero del suero a la rastra, llegó hasta el hall del hospital, me lo contó la señora de al lado, que tampoco pudo dormir-.
Según la señora de la cama de al lado, mi suegra casi llegó caminando en camisón a Plaza Miserere. Mucho igual no le creemos, porque Alfonsina, que así se llama esta mujer, está internada porque tiene la meninges inflamada y cada tanto delira, pero muy errada me parece que no estaba.
Lo que si nos enteramos posta es que anoche, Alfonsina, le ofreció un pedazo de cama para sentarse a Mariela, ya que la silla para el acompañante es bastante dura e incómoda, y ésta otra terminó desparramándose a lo largo, durmiendo a pata ancha y ocupándole toda la cama, postergando a la pobre señora a arrollarse en un rinconcito contra el respaldar de la cama, dice Marcela que le tuvo que llamar la atención, más que nada porque la hija de Alfonsina casi nos raja a puteadas cuando supo de la ocupación de prepo que le hizo Mariela a la cama de su madre.
-Otra que llamar la atención!, la tenés que llevar a patadas en el ojete hasta Azul el día que le den el alta a tu mamá!, -le digo, pero no me da mucha bola, debe ser porque hace como tres días que no duerme-.

De lo que pasó esta mañana mucho no sé, ahora cuando se le vaya la anestesia me contará bien, solo lo que escuché desde la puerta, que le habían dado el alta a mi suegra, que tenía que hacer un tratamiento simple de comidas y que ya estaban por llamar al remís para volver.
En el instante del alta, justo me llamaron del laburo para enviar unos archivos por mail, y me fui a hablar por teléfono al pasillo, pero en un momento, medio de costado, veo cómo sale Mariela apurada de la 302 enfilando para la escalera y al toque también sale desde la habitación, como disparada, una mesa de metal con rueditas, de esas en las que las enfermeras traen las jeringas, sueros, etc., bueno, esta mesita que te digo cargada de cajitas de metal, se estrella, con fuerza contra la puerta de la habitación de enfrente, la 301, que menos mal estaba cerrada.
Desde adentro de la habitación de mi suegra se escuchan ruidos a muchas cosas que se caen, un quilombo tremendo, voy rajando y ahí la veo Marcela tirada a lo largo entre las dos camas a las puteadas y agarrándose la rodilla.
La versión que tengo es la de Alfonsina, dice que escuchó que Mariela le propuso a Marcela a ver si el remís no podría venir a la tardecita o más bien a la noche, en vez de a la mañana temprano, así ella tenía tiempo de comprarse algunos conjuntitos en las lencerías de la calle Sarmiento que le dijeron que estaban regalados. Aparentemente, siguiendo lo que dice Alfonsina, Marcela, ni bien escuchó la propuesta, de un solo salto, pasó limpita por encima la cama de la madre y al querer manotear a Mariela del cogote, tuvo la mala suerte de enredarse con la sonda del suero y cae como peso muerto arriba de todo lo que había en la habitación. Ahí es donde yo veo, desde el pasillo, lo que decía antes, a Mariela corriendo para la escalera y al toque la mesita disparada por el pasillo.
Pero bueno, por suerte la obra social reconoció todo, ya está operada y ahora solo tenemos que esperar que cicatrice la herida. Dice que dolor nunca sintió, que es como una sensación de que se corta una soga adentro de la pierna, como que algo se suelta. Creo que tiene como para 15 días acá y después un mes y pico o dos con una bota de yeso de toda la pierna. Pobre, ¡Qué mala leche!, ¿Podés creer?.
¿Mariela?, no sé, yo no la vi más. No sé, estará cuidando a mi suegra en Azul, Marcela ni siquiera llamó para ver si habían llegado bien.

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